miércoles, 13 de octubre de 2021

Las bondades de Skynet


Sobre Free Guy (Shawn Levy, 2021)

Podría ser una continuación de las ideas de Ready Player One, la película de Spielberg que transcurría, en parte, dentro de un videojuego, cuya continuidad y legitimidad estaba en conflicto. La solución que planteaba Spielberg, sobre la que ya escribí algo en su momento, pasaba por un balance entre la vida en el mundo real y el virtual. La matrix seguía existiendo, a pedido de sus consumidores, pero con ciertas condiciones y reglas para evitar que se vuelva dañina, imaginando así una forma bondadosa de tecnocracia. Spielberg no se metía con la inteligencia artificial, tema principal en Free Guy, que transcurre también dentro de un videojuego. En este caso la salida al conflicto parece diferente, pero en el fondo es parecida. Hay dos mundos virtuales en tensión, uno malo y vendido, y otro bueno y libre, aunque la disputa sea por derechos de propiedad intelectual... Los personajes secundarios del juego (personajes no-jugables, quizás comparables con lo que sería un extra en el cine) tienen en su código ciertos algoritmos de inteligencia artificial que para la película alcanzan para darles subjetividad. Para ellos se había diseñado un mundo ideal, un paraíso virtual repleto de paisajes hermosos y cascadas, donde la vida artificial existe para ser contemplada y acompañada. Ese código base es robado para crear un universo en el que los jugadores humanos pueden robar y asesinar a los personajes secundarios como divertimento. Por supuesto que el conflicto se resuelve y ganan los buenos. No sólo se logra demostrar que el código fue copiado, sino que también se pone en valor la vida de estos sujetos programados, como si hubiesen adquirido un status de consciencia suficiente para obtener derechos humanos.

Sobre esta cuestión el cine viene haciendo un retroceso, al menos si pensamos en las posturas frente al totalitarismo tecnológico que ya se habían visto en clásicos de la ciencia ficción y del fantástico. Una mirada anterior, en películas como Terminator, por ejemplo, plantea a la autoconsciencia de la máquina como un peligro, pero con el plus de que en todo Cameron la búsqueda principal pasa más por la relación entre cuerpo y espíritu que por la denuncia o la destrucción de las máquinas. Porque tampoco es tan simple: la máquina humanoide interpretada por Schwarzenegger expresaba al final de la segunda parte que podía entender lo que era el llanto pero que era algo que jamás podría hacer. "Hay un chip más, y también debe ser destruido". Frente a ese conflicto, la resolución es necesariamente trágica y el problema de fondo está en lo que se desprende de aquella entrega a la técnica (Skynet).


Free Guy llega sólamente hasta declarar imposible la relación amorosa virtual reemplazándola por una real, convirtiendo al personaje virtual en una "carta de amor programada" por un hombre real hacia la protagonista. Guy, el personaje virtual, entiende que la relación con ella es entonces inviable. También está la ciudad del juego plagiado, a la que la película busca oponerse tanto como al conformismo. Pero ahí es también donde está su balance y negociación, donde se encuentra con la de Spielberg, sumándose a la misma búsqueda: ¿hasta donde es posible sostener la ilusión de entidad de lo tecnológico? Al fin y al cabo, para ellos es una expresión de deseo, como si las reglas y limitaciones sólo existieran para poder seguir creyendo en la naturaleza de algo que por definición es artificial. Lo importante es sostener la novedad, y contruir alrededor de ella un relato emancipatorio. Por eso no es casualidad que el mundo diseñado para ambientar esta utopía (de personajes artificiales que viven juntos en felicidad y armonía) simule a un paisaje de bosque repleto de verde y agua. Atrás, la certeza de que todas aquellas imágenes siguen siendo de marca queda irresuelta, ahogada en la liquidez de la simulación.

Mientras tanto, todo extra del juego tiene la chance de ser liberado, como si se pusieran los famosos lentes de sol de They Live, o como si lograran salir del estudio de The Truman Show. Todas estas son referencias que buscan atinarle a una relación estética con este corpus anterior, pero a su vez son incapaces de asumirse como parte del proyecto frankensteiniano al que pertenecen en Free Guy, lo cual invierte a la mirada hasta convertirla en su exacto opuesto. El artificio, que es una de las bases concretas del cine, siempre cobra vida sobre todo cuando se encausa. En ese sentido, la idea de la carta de amor cierra a la perfección: Guy sería un medio, algo que encuentra su forma en el amor de una persona hacia otra. Pero con eso suceden dos cosas, no una. La carta programada viene con un paquete. Y nos podemos preguntar entonces, ¿por qué Guy no va a tener derecho a vivir, si tiene la capacidad de tener contradicciones, amar y hasta tener actitudes heroicas? Responderla es caer en la trampa de su formulación. A veces hay obras que para lograr concretar sus nobles intenciones terminan abriendo una caja de Pandora imposible de cerrar.

domingo, 3 de octubre de 2021

La colectivización humana

Un proceso físico irresistible: la colectivización humana (*)
Teilhard de Chardin

Si al día siguiente de la sacudida más terrible que haya ciertamente conmovido nunca las capas vivientes de la Tierra, intentamos apreciar el estado en que el seísmo nos ha dejado, podría creerse que lo que va a aparecer sea un suelo minado y hendido hasta el fondo. ¿Es que un choque semejante no ha puesto de manifiesto todos los puntos débiles? ¿No ha puesto en juego todas las fuerzas de separación y de divergencia? Y, finalmente, ¿no ha dejado la Humanidad rota sobre sí misma? He aquí, normalmente, el espectáculo que podríamos esperarnos.

Ahora bien, en lugar de estas ruinas, y con tal de que apartemos un velo psicológico de cansancio y de resentimiento, cuyo carácter provisional expondré para terminar, ¿qué vemos?

Geográficamente, desde 1939 un gran pedazo de la Tierra, el dominio pacífico, hasta ahora mantenido al margen de la civilización, ha entrado virtual e irrevocablemente en la órbita de las naciones industrializadas. Masas de hombres mecanizados han invadido los mares del Sur; y campos de aviación ultramodernos han sido instalados ya, para siempre, en las islas que todavía ayer eran las más poéticamente perdidas de PoIinesia.

Étnicamente, durante el mismo lapso de tiempo, amplias conmociones han sacudido sin piedad a los pueblos: ejércitos enteros se han desplazado de un hemisferio a otro; millares de refugiados diseminados como gérmenes que esparce el viento, a través del mundo... Por brutales y desfavorables que hayan sido las condiciones de esta mezcla, ¿quién deja de ver las consecuencias inevitables de esta nueva puesta en movimiento de la masa humana?

Económica y psíquicamente, en fin, en el curso del mismo período de tiempo-bajo la presión inexorable de los acontecimientos, y merced a medios de comunicación prodigiosamente acrecentados y acelerados-, la masa del género humano se ha hallado mantenida en el molde de una existencia común: estrechamente encuadrada, en amplios sectores, dentro de las múltiples organizaciones internacionales (las mayores y más audaces que hayan existido jamás); anhelantemente ligado en su totalidad a las mismas conmociones pasionales, a los mismos problemas y a las mismas informaciones... ¿Hay nadie que crea seriamente posible el desligarse de tales costumbres?

No. Durante estos seis años, y a pesar de tantos odios desencadenados, el bloque humano no se ha desarticulado. Por el contrario, en sus profundidades orgánicas más inflexibles se ha cerrado un punto más sobre nosotros. 1914-1918, 1939-1945: cada vez una vuelta más de tuerca... Emprendida por las naciones para liberarse las unas de las otras, cada nueva guerra no tiene por resultado sino el hacer que se unan y se suelden entre sí con un nudo cada vez más fuerte. Cuanto más nos rechazamos, más nos compenetrarnos.

Y, en verdad, ¿cómo podría acontecer de otra manera?

Sobre la superficie geométricamente limitada de la Tierra, constantemente encogidos por el acrecentamiento de su radio de acción, las partículas humanas no sólo se multiplican más cada día, sino que, por reacción a sus mutuos roces, desarrollan en torno a sí, automáticamente, una madeja cada vez más densa de conexiones económicas y sociales. Todavía más: expuesta cada una de ellas, hasta en su centro, las innumerables influencias espirituales emanadas a cada instante del pensamiento, de la voluntad, de las pasiones de todas las demás, se hallan constantemente sometidas interiormente a un régimen forzado de resonancia. Bajo la presión de estos factores que no perdonan, porque dependen de las condiciones más generales y más profundas de la estructura planetaria, ¿no es evidente que una sola dirección permanece abierta al movimiento que nos arrastra: el de una unificación siempre creciente? Especulando sobre el destino terreno del hombre, tenemos por costumbre decir que nada se halla asegurado en gran futuro, por lo que a nosotros concierne, salvo que llegará el día en que el globo se habrá hecho inhabitable. Ahora bien, para quien no se asuste -de mirar, nos espera por delante una segunda cosa, igualmente cierta. Al mismo tiempo que la Tierra envejece, más de prisa se contrae su película viviente. El último día de la Humanidad coincidirá para ella con un máximo de su apretamiento de su enrollamiento sobre sí misma.

Lo sé. Puede ser demasiado sencillo, y es ciertamente peligroso ver por todas partes determinismos en la Historia. Periódicamente se elevan voces autorizadas asegurando que nada fatal se oculta bajo la ascensión de las masas, de la planificación o de la democracia. Estos defensores de la libertad individual tienen razón muchas veces en el detalle o en las modalidades. Pero donde se engañan, o se engañarán, es si en su legítimo espíritu de resistencia a lo que es pasivo y ciego en el Mundo, intentan cerrar sus ojos, y los nuestros, al superdeterminismo general que hace que la Humanidad se recoja irresistiblemente sobre sí misma.

Querámoslo o no, desde los orígenes de la Historia, y mediante todas las fuerzas conjugadas de la materia y del espíritu, nos colectivizamos sin cesar, y cada día más, lentamente o mediante sacudidas. Esto es un hecho. ¡A la Humanidad le es tan imposible no agregarse sobre sí misma, como le es a la inteligencia no profundizar indefinidamente su pensamiento! ... En vez de tratar de negar o minimizar, contra toda evidencia, la realidad de este gran fenómeno, aceptémoslo francamente; mirémoslo de frente; y veamos si, utilizándolo como un fundamento intachable, no podríamos construir sobre él un edificio optimista de alegría y de liberación.


(*) de la nota Un gran acontecimiento que se perfila: la planificación humana. Pekín, 25 de diciembre de 1945. Cahiers du Monde Nouveau, agosto-septiembre 1946.