25 may. 2020

Los puentes de Madison


Clint Eastwood, 1995

Además de que es hermosa por donde se la mire, y de que no puedo creer como llegué tardísimo a verla por primera vez, la película entera está repleta de situaciones donde la puesta en escena revela la presencia de un genio. Voy a hablar de dos cosas:

En ningún momento la película se trata del peligro de ser descubiertos. Si le prestamos atención a eso vamos a notar que cada vez que se presenta alguna situación "riesgosa", Eastwood elipsa. Cuando llega la vecina de imprevisto, ella lo manda a Clint al cuarto de arriba para que se esconda. Segundos después de que la mujer entre a la casa la escena simplemente termina. También sucede así cuando regresa la familia. Eastwood no tiene el menor interés por hacer de la película una fantasía de lo prohibido, porque parece que lo único en lo que cree es en el amor entre sus dos protagonistas. El miedo que ella siente trasciende a la lógica del puritanismo, no es la culpa por los "límites" cruzados. Cruzan límites pero estos no son los de la moral ni los de la decencia, y son límites que solo pueden terminar de ser aprehendidos en símbolos, porque son incontenibles.

Uno de ellos es el collar con la cruz que ella le regala, en una de las escenas más perfectas filmadas por Eastwood: las dos camionetas estacionadas bajo la lluvia. Ella lo ve a él afuera, y la primera interacción es solo de miradas, donde a pesar de la tristeza intentan sonreirse. El momento es interrumpido por el marido, que entra a la camioneta y queda (ignorando todo) en medio de los dos. Es difícil para ella verlo a Clint meterse en la suya, y además llueve. Es un esfuerzo para mirar que termina compartiendo con nosotros. Pero luego de arrancar, el marido da la vuelta y terminan esperando al semáforo justo detrás del vehículo de Clint, cuya nuca podemos ver difusamente a través del vidrio de atrás, también empapado. Vemos cómo toma el collar de la guantera y lo coloca en el espejo retrovisor. Lo deja colgando.


No sabemos, por la lluvia, si él la está mirando a través del espejo, pero aún así intentamos verlo. Lo que sí sabemos es que él sabe que ella lo ve, y sabemos que él sabe lo que ella sabe, que al poner el colgante en el espejo, este fotógrafo que recorre el mundo lo hará siempre con ella. Pero es imposible racionalizarlo, está ahi, ocurre, sin subrayados, y ya no se trata de una forma impuesta, no es la película, son ellos. En ese instante, son ellos dos los que acaban de comprender que pueden también entenderse el uno al otro como símbolo.

Además, ¿no hay camioneta más simbólica que una conducida Eastwood? ¿No es entonces el lugar más preciado e importante que podemos imaginar? Todo ocurre de forma muda, y el marido actúa con naturalidad, sin enterarse de nada, y hasta ligeramente irritado porque el vehículo de adelante tarda en arrancar. Creo que esa naturalidad es el cine para Eastwood, que jamás necesitó de artificios y vueltas. No debería sorpendernos entonces, que alguien capaz de ver tan directamente lo extraordinario en lo natural pueda hacer estallar un romance hasta volverlo eterno durante la simple espera de un semáforo. Pero sí, a mí me sigue sorprendiendo.

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