9 jul. 2020

Diario de películas (4)


7 westerns de Budd Boetticher con Randolph Scott (1956-1960)

Ver estas siete películas seguidas fue una de las mejores ideas para aprovechar en estos tiempos de encierro. Fueron hechas en un período de cinco años y las siete tienen una capacidad de concentración dramática y economía de recursos (ninguna llega a los 80 minutos de duración) que las vuelven una experiencia eficaz además de reveladora.

Scott puede interpretar a un ex militar, a un cowboy o a un cazarrecompensas, pero siempre es el mismo hombre, un solitario que se mueve por los márgenes. Casi nunca vemos rastros de civilización, las únicas dos de este grupo que transcurren totalmente en pueblos son Buchanan Rides Alone y Decision at Sundown. El resto son siempre largos caminos por paisajes rocosos y peligrosos, películas en movimiento, a veces una ida, a veces un regreso, otras una persecusión. Boetticher también aborda a la venganza, no en el sentido de la satisfacción por la sangre y la crueldad, sino conviertiendo a los conflictos de Scott en luchas personales, sacando a la luz marcas pasadas, frecuentemente asociadas a los westerns que hizo Anthony Mann con James Stewart.

En Ride Lonesome, por ejemplo, ya avanzado el metraje, nos eteramos que la misión de Scott no era cobrar el dinero de la recompensa huyendo de Lee Van Cleef. Contrariamente, Scott espera ser seguido por Van Cleef, porque su verdadero objetivo es poder enfrentarse al hombre que mató a su esposa. Es una figura determinada, pero en algun punto de estas películas también se revela la presencia de un corazón roto, una característica que no va nada en detrimento de lo primero. De alguna manera esto es visible por los demás, sobre todo por los villanos. Como Scott es un hombre nada excento de ser un outlaw, los villanos lo conocen. Él puede ser famoso por sus actos de grandeza, pero también por sus fracasos, y son los malvados los que van a apuntar directo a esas debilidades.


Todo eso se manifiesta en dialogos magistrales, y en escenas que ponen en relieve una simpleza del discurso totalmente envidiable. En estas películas todo se dice, tal vez porque se confía en que lo que importa es la implicancia de lo que se dice. Los villanos dicen lo que van a hacer. El héroe dice lo que va hacer. Lo que no se sabe es cuándo van a hacerlo, como en Comanche Station o The Tall T, que son dos películas donde los personajes se ven obligados a convivir y acampar varios días con criminales o secuestradores. En Seven Men From Now tenemos a un Lee Marvin en modo calmo, pero jugando constantemente a las indirectas. Para Scott está siempre todo claro, con la fuerte confianza de que si se da el enfrentamiento la pelea va a haber que tenerla. Todo se explicita. Hasta los bandidos admiten, con cierta pena, su devoción por el dinero, sabiendo que en este mundo de Boetticher es como un cáncer que se come todo. En las discusiones, revelar la codicia de un personaje se convierte en la enunciación o la aceptación de su bajeza.

En The Tall T, la mujer secuestrada termina enterándose de que su marido es un desgraciado oportunista a quien no le importa dejarla encerrada con los bandidos en la medida que él pueda encargarse de traer el dinero (que además fue idea suya). La codicia es sinónimo de cobardía (que puede o no ser redimida), tanto para este tipo, como para el marido de Seven Men From Now, los hermanos Agry en Buchanan... o para el burgués de Decision at Sundown, tal vez la más marcadamente antiliberal de este grupo. Es tanta la bajeza de los codiciosos, que algunos de los villanos terminan demostrando mayor altura moral. En Westbound, esta misma lógica se transpone a un conflicto de la guerra civil. Al principio los virtuosos parecen ser los personajes de la Unión, asaltados constantemente por los rebeldes de la Confederación. Pero Putnam, su líder, va a comprender que necesita separarse de su hired gun. El enfrentameniento entre Putnam y Scott va a terminar siendo un duelo entre caballeros de distintos bandos con la plena consciencia del enemigo común: un asesino sin simpatía por las causas y hambriento por el oro que no es más que un McGuffin.


Como decía, Scott es siempre el mismo hombre, y todas sus actitudes en cada film son la exposición moral de ese hombre. Lo curioso es que, aún llevando todos los conflictos, tarde o temprano, a la esfera de lo personal, pueda generar un despliegue en los demás personajes. Los finales varían, pero siempre termina en retirada, con una cabalgata solitaria, sin siquiera terminar de sellar los romances que se suceden, dejándolos latentes. Esa cabalgata solitaria es lo que miran los demás, los que se desespiden de ese hombre que llegó para lograr que su lucha personal les afecte a todos. En Decision at Sundown se ve mejor que en ninguna. El pueblo de Sundown se había entregado a las riendas de un burgués cobarde, el pasaje de Scott es ahora un hito para su transformación.

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