1 mar 2024

Diario de películas (15): Dos de Takashi Miike

Young Thugs: Nostalgia (1998)

Es la película de Miike que elige como favorita entre las suyas. Sucede mientras Estados Unidos llega a la luna. 1969, 1970. En la televisión también hay revueltas estudiantiles, pero America avanza a la par del "milagro económico".

Tiene algo de I was born but... o quizás de Good morning, en las tramas de los niños, pero jamás podría ser una película de Ozu. En Miike los violentos cambian, mejoran o crecen, pero la violencia es parte de su ADN, en todo caso se reconvierten violentamente y siguen viviendo. Tal vez sean mejores personas. Pasa igual en Young Thugs: Innocent Blood, filmada un año antes, con el mismo personaje pero adolescente/adulto.

La película abre con un vitreau católico, con el niño Jesús en el pesebre, rodeado de todos. El chico de esta película se emborracha así con los amigos de su abuelo, rodeado de ellos.

Todos están llenos de moretones y heridas en la cara. Es una forma de vivir.

Hara-Kiri: Death of a Samurai (2011)

Remake del clásico samurai Harakiri de Masaki Kobayashi. Hay muchas ideas formales que Miike directamente repite como si no necesitara nada. En pocos casos cambia levemente el orden de sucesos y algunas cosas hasta se las mejora. Es una "clase" de remake, pero en plan de actualización.

La secuencia del suicidio con espada de bambú es casi igual de sangrienta aunque más larga. El agravante que acá se suma es que el líder de la casa samurai se va dando cuenta progresivamente, junto al espectador, de que la espada es de bambú.

En los flashbacks de ambas películas todo es tragedia. Miike suma detalles más truculentos pero nunca se pasa de la raya. Mientras la de Kobayashi concentra a su climax en la batalla con el samurai "segundo" y muestra a su protagonista más como verdadero ex-guerrero, la versión de Miike parece enfocarse más resolutivamente en los aspectos protocolares. Ambas son películas sobre el lado oscuro de algo que podríamos llamar la "administración del honor", pero Miike cierra más inquieto, porque la armadura tradicional que los samurais conservan (y que por los hechos parece más la estatua de un demonio) es arreglada, pulida y presentada al Shogun, con una reverencia final que da escalofríos.

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