17 jun. 2017

La La Land

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Sobre La La Land (Damien Chazelle, 2017)

La más reciente y multipremiada película de Damien Chazelle se presenta a sí misma como una novedosa incursión en el musical hollywoodense clásico. Con su evidente virtuosismo en  los movimientos de la cámara combina pequeños gestos, movimientos y momentos de varios de los ya hitos del género más alegre y multicolor de la época de oro de los grandes estudios. Sin embargo, todo eso sólamente se comporta como el adorno externo y superficial de una mirada oculta en el corazón de la película: una visión de mundo cargada de resentimiento y desdén: por el cine popular, por la música popular y, consecuentemente, por los propios espectadores de la película.

Ya desde la Whiplash (2014), su anterior película, podía notarse una condición enfermiza en el establecimiento de vínculos, donde cualquier relación con el otro, o con el arte, era una unión realizada a partir de un acérrimo rechazo a lo que allí se entiendía como las bajezas del discurso popular. Pasando de un film en el que la música jamás agrada ni a los propios sufrientes músicos, se incursiona en otro en el que toda expresión de la música contemporánea es sinónimo de venderse o de traición a ciertos principios. Estos principios son la nostalgia de un pasado dorado. En La La Land, los personajes añoran los tiempos underground del jazz y sus secretos clubes, extrañan el grano de material fílmico en el contexto de un mundo digitalizado, tendiendo a una fijación obsesiva por los tiempos analógicos del arte. Todo esto en rechazo de cualquier vinculación actual tanto con las tecnologías como, más directamente, la música misma. De esta manera se vuelve sorprendente encontrarnos insertos en esta especie de relación ¿amorosa?, en la que la unión parece fundamentada por las mutuas caras de repulsión que ambos personajes tienen para con todo lo demás y los demás. Es decir, todo aquello que no pasa por los estándares de una superioridad que nos vemos forzados a creer y acompañar.

La relación con ese pasado clásico se evidencia en varios momentos específicos. La pareja visita el Griffith Observatory Park por haberlo visto en una proyección de la película Rebelde sin Causa (Nicholas Ray, 1955). Es una película que no terminan de ver, con la que no terminan de involucrarse, y con la que en ningún momento establecen un vínculo real. De esta manera, el cine clásico se comporta simplemente como una proyección puramente plástica del pasado sobre sus cuerpos (literalmente, en un momento, sobre el rostro de Emma Stone en la sala de cine): La La Land añora la grandeza de un pasado pero como mera herramienta para defenestrar las miserias del presente (lo único que puede verse del presente) y, en medio de ese procedimiento, inconscientemente, lo opaca. Si el gran musical norteamericano, ese que llenaba las salas en los años de Fred Astaire y Gene Kelly, invitaba a la totalidad de la comunidad para entenderla como público, para contenerlo, y volverlo una unidad (con un referente principal en The  Band Wagon, de Vincente Minnelli, por mencionar sólamente uno), esta otra película se encarga de evocarlo para hacer precisamente todo lo contrario. En ese proceso casi fetichista de conservación tras vitrinas, como colección o secreto para unos pocos (que asumimos son ellos, por autoadjudicación), el musical muere, nuevamente encerrado, antiguo e individual.

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