28 abr. 2011

Acto de confianza

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Sobre Sip´ohi - El lugar del manduré (Sebastián Lingiardi, 2011) | Para GrupoKane

Las pistas - Lanhoyij - Nmitaxanaxac, el anterior largometraje de Sebastián Lingiardi, es una película que parte de un importante acto de confianza. Una narrativa de ficción (y de género) fuerte siempre alberga una dimensión documental, partiendo de aquello que no se puede dominar, y que es un terreno pura y necesariamente explorativo. Ese acercamiento a las comunidades de wichís y tobas (intérpretes de la película) es el fruto de aquella apuesta. La realidad se escapa de la forma, hasta imponerse sobre ella, resultando en una forma de realismo que procede a la inversa: a partir de una construcción ficcional radicalmente opuesta. No es así el caso de Sip’ohi..., cuya forma no es aplicable a ninguna convención específica. Es un documental, pero con momentos de interpretación dirigida. Es un recorrido, pero cuyos vaivenes son puntuados por la mirada de una comunidad que observa y participa en la producción de la propia película. Sip’ohi... es un film en pleno cambio, trazado por la mirada de un director que procede con una nueva confianza y un profundo respeto. Ya no sólo se trata de dejar aparecer lo real en la forma, sino de llevar el acto de confianza a los propios medios de producción. Así pues, a través de los relatos de los wichís, la película de Lingiardi abre sus puertas a la aparición de su dimensión ficcional: el tigre, el zorro, o Takjuaj, son los caracteres de relatos a los que accedemos gracias a una voluntad de la forma, y a un sistema de producción diferente.

Al principio de la película, en único plano de aproximadamente ocho minutos de duración, unas manos frotan ramas para hacer fuego, ayudadas por otras que van acomodándolo. El plano es fijo y como espectadores nos encontramos ante una situación de espera. Nuestro acto es sólo observacional, pero lo que necesariamente sucede es un juego de expectativas, y es allí donde el film triunfa. Encontrar ese momento en su plena duración nos impone un ritmo. Hacia el final, el fuego encendido carga con esa duración. ¿Qué otro arte sino el cine para mostrar eso? La película irá oscilando entre lo conocido y lo desconocido, para una cultura y para otra, porque el espectador conoce el fuego, sólo que no lo conoce de esa forma. Lo curioso y tal vez paradójico, es que el poseedor de la cámara de video es probablemente poseedor de nuestros medios (inmediatos) para hacer el fuego. Ese plano es entonces otro testigo de la confianza, y de la fe en la espera. Su belleza única reside en la llegada a ese instante de iluminación. ¿Qué es el fuego? ¿Qué es un tigre? ¿Cómo se relata a Takjuaj? ¿Qué es un micrófono? Sip’ohi... es la intersección entre el realizador y los wichís, pues su poder revelador no pertenece a ninguno de los dos.

Una de las mejores escenas del film nos revela que el narrador de las historias es un anciano del grupo al que veníamos siguiendo en su recorrido. Además de otorgarle un rostro al narrador, el plano revela una estructura de producción de plena cooperación, donde los wichís son quienes manejan el micrófono de Lingiardi con él detrás de cámara. Tal vez esto sea lo que marque una importante diferencia entre este film y un estudio etnolingüístico. La producción del mismo hace parte suya al otorgamiento de los medios (y la confianza al recibirlos), y el resultado final nos hace testigos presenciales del encuentro a través de un lenguaje híbrido pero fascinante. Por eso Sip´ohi... es un acto de confianza doble, donde cada parte cede algo en pos de enteder y ser entendido por el Otro.

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