29 abr. 2011

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Sans titre 20

Sobre Film Socialisme (Jean-Luc Godard, 2010) | Para GrupoKane

Cuando aparecen películas como Film Socialisme, es necesario, luego de quedarse perplejo en su primer visionado, dejar asentar nuestras ideas un tiempo para intentar (si es posible) racionalizar algo. Film Socialisme es una película enorme e inabarcable, de un envergadura similar a las Histoire(s) du cinéma (o por lo menos es el primer film en cambiar radicalmente la metodología que las Histoire(s) implementaron para toda la obra posterior de Godard). Hemos llegado a un punto límite: el cine puede estar en todos lados pero, al mismo tiempo, en ninguno. ¿Es este film la esperada respuesta a la chica que en Notre Musique (2004) le pregunta a Godard sobre las nuevas tecnologías? ¿Pueden salvar al cine? ¿Hay que “salvar” al cine? Godard se queda callado, su respuesta es este film. Por primera vez, luego de sus incursiones al video digital en Elogio del amor (2001), la técnica digital domina la película (en realidad el film pone en escena a todas técnicas de registro o creación de imágenes existentes desde el inicio de la humanidad). Sin embargo, responder aquella pregunta ya no es algo que le corresponda a Godard, y es allí donde reside la grandeza de la obra. Imposible de abarcarla dentro de los límites una reseña. Tal vez sólo tomando una pequeña porción, pero todo vuelve a agrandarse.

Refirámonos entonces a un sólo y único plano: la poderosa imagen de un niño que no se dio cuenta que ha pintado un cuadro de Renoir (¿los pixels se parecen más a la pintura que al cine?), idea puesta en conjunto con la imagen de la joven limpiando su videocámara digital. Es un plano extraño, con una saturación tan fuerte y un uso del color tan particular que recuerda a aquellos films de los 60´s en los que Godard trabajaba una paleta cargada de amarillos y rojos. Y el plano contempla con una especie de admiración cargada de temor a aquel niño tan seguro de sí mismo, pero al mismo tiempo tan inconsciente de aquello que está creando. En el fondo, la mujer y su cámara se encuentran en el límite entre ese espacio y una potente y amarilla luz enceguecedora. La cámara de Godard se queda allí, unos escalones arriba, en silencio, sin comentarios, marcando una posición. Es tarea nuestra intentar ver y entender aquella cuestión, como si tuviéramos que elegir entre nuestra perplejidad ante esa copia del cuadro de Renoir o nuestra duda acerca de qué es esa luz amarilla, y qué podemos hacer con ella.

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