30 abr. 2011

Dios de la guerra

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Sobre Caterpillar (Koji Wakamatsu, 2010) | Para GrupoKane

¿Es ironía, humor negro, o un desesperado acto de memoria? La última película del padrino del Pinku-eiga condensa, como es de costumbre, una lucidez para lo político desde lo más grafico del exploitation. El oscuro pasado de Japón y su ejército en la guerra contra China sale a la luz en una historia de miembros amputados, sexo violento y relaciones de dominación. Esta “oruga” protagonista (un veterano que ha regresado a su hogar habiendo perdido todos sus miembros y es llamado “Dios de la guerra” por todo el pueblo) lleva en su cuerpo las cicatrices de un conflicto y las condecoraciones del imperialismo belicista. Su mujer lo lleva a pasear por el pueblo, lo desfila como a un busto, pues él se ha visto reducido a ser un torso con cabeza (aunque bien uniformado). El film de Wakamatsu se concentra en un período clave: hay una guerra contada en pasado y otra en presente, cada una con sus fatalidades: una alusión a la masacre de Nanking, durante la Segunda Guerra Chino-Japonesa, y al final, un sobrio documental sobre las bombas de Hiroshima y Nagasaki, durante la Segunda Guerra Mundial.

El cine de Wakamatsu siempre fue controversial, y que su amputado protagonista termine con su vida al momento de la rendición de Japón en 1945, es tal vez el reclamo por aquel cuerpo. Un cuerpo testigo: de las heridas de una guerra, pero también, y sobre todas las cosas, del costado propio que las ha perpetrado. Por eso el film de Wakamatsu es un acto de memoria. Con un profundo respeto hacia las víctimas de las bombas atómicas, el film ubica aquél relato al final, y el resultado es esclarecedor. Es un ordenamiento histórico justo de hechos que no pueden ser olvidados, y sobre los cuales la memoria, a través de la mirada, imprime las inevitables consideraciones sobre lo absurdo, ya sea a través de la ironía, o la hipérbole. Caterpillar es una película confusa, desprolija, pero brutalmente honesta.

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