4 feb. 2013

Remake de un clásico

Jane Levy

Sobre Evil Dead (Fede Alvarez, 2013)

El problema central de la mayoría de las remakes (al menos en el cine de terror) se da cuando la película intenta hacerle justicia a la original, ser como ella, o superarla. Hay una idea fija de preservación de lo original que aparece de una forma en los productores de aquellas remakes, y de otra forma en los espectadores escépticos de las remakes. Los primeros necesitan actualizar fórmulas para meterlas nuevamente en circulación en la industria, los segundos se aferran a las películas originales (que la mayoría de las veces son películas más que geniales que por desgracia se van perdiendo en el tiempo) hasta el punto de convertirlas en fetiche. Está por ejemplo el caso de la remake de Halloween, de Rob Zombie, donde extrañamente estos dos males se combinan.

La buena remake es la que logra esquivar estos dos costados. Es la película que entiende el contexto de su producción (con la memoria de la original incluída), que entiende en qué tiempo se encuentra, y que entiende qué es lo que nunca va a poder hacer (ser la original). En definitiva, las buenas remakes no son remakes, son matices de viejas grandes películas que vuelven a encontrarse en nuevas películas, y cuando salen bien, se encuentran en buenas nuevas películas. Un ejemplo sería The Hills Have Eyes de Alexandre Aja.

Evil Dead es ya un clásico del género y del cine. Como las grandes películas, dejó tras de sí algo. Eso que queda en la memoria. Dejó el retrato de un gore lúdico, arbitrario, abstracto, que repta por toda la película. Eso que cuando vimos Drag me to Hell se recordó como algo revisitado. Los fans del género pueden entender fácilmente y aceptar la mezcla entre el slapstick y el gore, porque si vieron Evil Dead, entienden que funciona, y muy bien (especialmente en la 2da entrega). Más que la historia de Ash, o que el por qué Ash hace lo que hace, o de por qué pasan las cosas que pasan en el entramado narrativo de la película, lo que prevalece es eso: un tipo que se corta la mano porque la mano lo quiere matar, un chorro de sangre que salpica sobre una lamparita volviendo roja la luz, litros y litros de sangre y fluidos que salen y chorrean de bocas, y a veces de boca en boca. En definitiva, el agotamiento absoluto de todas las formas de gore y destrucción del cuerpo dentro de un entramado de sentido que realmente lo hace funcionar.

La remake del uruguayo Fede Alvarez, sabe que traer a Bruce Campbell como Ash sería inútil, sabe que poner a un personaje llamado Ash no sirve, sabe que intentar llegar a la misma distancia cómica que se produce con mayor intensidad al pasar los años (del clásico) es imposible, y sabe que ahora los muñecos ya no parecen para nada muñecos, que estamos en el año 2013 y que todo gore ya realmente "parece de verdad", que el maquillaje ya no es maquillaje, sino algo que se ve como verdadera sangre. Entonces sucede el mejor acto de inteligencia que podía suceder en una remake del clásico: la producción de otra película. Una película sobre drogas (un poco), sobre hermanos (bastante), sobre sacrificios (todo el tiempo). Pero sobre todas las cosas, una película sobre el gore. Sobre ese recuerdo vago o fuerte (dependiendo de quién recuerde) de las formas heredadas de la Evil Dead original, y donde el ese gore ya no tan lúdico, pero arbitrario y abstracto se marca con la potencia del sentido de la nueva película. Hasta los créditos finales lo ilustran con sus explosiones de sangre y miembros. Esta remake es una película donde hasta la más pequeña y tirante fibra de carne arrancada y tiene realmente algo que ver con lo que pasa, porque el gore pasa de ser un fetiche por lo original a ser un tema. El enfrentamiento contra el diablo desde la resistencia trae consigo el transitar por lo más sucio y repugnante del gore, descendiendo cada vez más hasta llegar a su propio límite y culminando en un concreto baño de sangre.

Si no me creen observen cómo Mía toma la decisión: el diablo la persigue, su mano está aplastada por un auto. Primera decisión (difícil): adiós a la mano. Pero hay un problema, no alcanza la motosierra, que quizás se la haría más fácil, porque su mano está parcialmente arrancada (donde parcialmente arrancada implica fibras de carne aún fijadas al hueso del brazo, es decir, el dolor es infinito). Para alcanzar la sierra tiene que hacer una fuerza terrible, el auto que aplasta su mano no se lo permite, pero el diablo se acerca cada vez más, y sólo podrá luchar contra él si realmente usa su fuerza. Segunda decisión (la más difícil de todas): se arranca la mano manualmente, con su propia fuerza salvaje, separa así una por una las fibras de carne sangrienta que están aferradas a los respectivos huesos de cada parte (además por supuesto de la piel). Finalmente arranca su mano, que en definitiva, para lo que a esta película respecta, parece ser conocer el fondo (de la abstinencia) y tocarlo, y la fuerza y detalle del gore tan sólo le da más cuerpo y presencia.

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