22 ago. 2016

El sabor de los bollos al vapor

mountains

Sobre Mountains May Depart (Jia Zhang-ke, 2015) | Publicado en BSO (Banda Sonora Original)

En el episodio más emocionante de Mountains may depart, Tao (Tao Zhao) comparte con su hijo Daole (una traducción de la palabra "Dólar") una serie de momentos que van a ser únicos: Se trata de la única porción real de tiempo que tendrán para hacer realidad todo lo que es posible entre ellos dos que, a esta altura entendemos, ya es muy poco. Van al funeral del abuelo, caminan, pasean en auto: la relación es casi inexistente y todo lo visible es una distancia ya trágica. Daole es casi irrecuperable, un niño bautizado como moneda extranjera por el padre millonario de quien Tao se divorció, y ha sido "sentenciado" a tener su educación en un complejo australiano, lejos de China, y simbólicamente lejos de Oriente.

Daole habla con "su nueva madre" via Skype con Tao presente. La distancia es ya abismal, obscena y vergonzosa. Todas las condiciones fueron dadas para que Daole jamás sepa quién es y de dónde viene. Su madre es privada no sólo de la tenencia sino de todo recurso retórico, es de otra mirada y otro tiempo. Más ampliamente, es de otro mundo, uno anterior. Pero luego aparece la preocupación central de Jia Zhang-ke, que puede plantearse en forma de pregunta. ¿Qué es lo que queda de los vínculos entre los seres en un mundo que reemplazó a toda relación por una fachada, apariencia o simulación? Y así es cómo otra serie de actividades aparece. Ahora es una cena de bollos caseros al vapor, un viaje en tren, la escucha de una canción y consecuentemente, la entrega de las llaves de la casa. Porque Tao ya no hace cosas que se supone que se deben hacer, sino que comienza hacer todo lo que trae consigo. Lo que Tao comienza a hacer salir, es ese algo más que viene de dentro suyo, al igual que Daole.

Las escenas que de acá se desprenden son de una ternura extrema porque están despojadas de toda razón. Se trata del sabor de los bollos con el cuidado maternal de que no estén tan calientes, o mismo de la escucha atenta de una canción, donde todo razonamiento rechazaría el Ipad del cual provienen los sonidos, pero que en este caso ese paso crítico es salteado. Toda la asimilación de estos momentos se da por el sentido (en todas las acepciones de la palabra) que cada momento desprende. Se trata de la canción que había sonado en el local de artículos electrónicos del padre de Tao en 1999, con una sensibilidad pop ya anticuada para el año 2014, pero con los auriculares compartidos entre la madre y el hijo.

Para todo vínculo que no puede ser expresado racionalmente, lo que aparece para significar y también ordenar son los símbolos, que en esta película tienen una consistencia paradójica. Lo que termina uniéndolos en el plano es el cable blanco de un auricular, como si se tratara del desplazamiento de un cordón umbilical. Pero sigue siendo ese cable blanco, frio e impersonal, que es igual en todos los vacíos productos que Apple desperdigó por el mundo. El cable en cuestión es lo que delimita sus posiciones en el espacio, los obliga a no estar enfrentados, pero a la vez tiene la capacidad de ser el portador de aquella música. Tal vez ese pequeño atisbo de unión es lo que permite la existencia del siguiente momento, que es la entrega de la llave. Otro símbolo de regreso al hogar que sí quedará materializado en un objeto para toda la vida.

Son este tipo de simbologías las que terminan remitiendo al fundamento de la película. Cada pequeña conquista de Tao presupone otra gran pérdida, pero esa es la paradoja de todo avance moderno sobre cualquier tradición. El poder de evocarla está en ser capaces de meternos en los engranajes de su mecánica invasora y, con una mirada atenta como guia, comenzar a entender qué es lo que todavía se puede ver en cada nueva cosa. La capacidad de Jia para extraer un instante de una relación casi eterna en la aparente banalidad de una viñeta absolutamente posmoderna es prueba de todo esto.

Pero ante esa posibilidad, el tercer episodio del film (en un código casi de ciencia ficción en el año 2025) plantea una segunda pregunta, todavía más inquietante que la primera. Porque esos pequeños atisbos presuponen un camino cada vez más angosto. Tal vez exista una barrera más lejana todavía, y más peligrosa, que estamos por cruzar, donde ya las relaciones humanas no sean más que simples juegos de apariencias, donde ya no existan las lenguas ni los orígenes, ni la especificidad de cada cultura. Sobre ese tren ya estamos subidos y a toda marcha.

¿Qué soportes vamos a tener para poder siquiera simbolizar todo lo que día a día nos enseñan a olvidar? Quizás en ese momento lo que termine de aparecer, es simple y llanamente, la magia en estado puro. La voz de Daole diciendo Tao en Australia, y llegando a Tao en forma de canción. Habrá que ver si estamos preparados para eso.

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