27 ago. 2017

Tobe Hooper (1943-2017)

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Sobre The Texas Chain Saw Massacre (Tobe Hopper, 1974)

Este blog ya parece un compilado de obituarios, y hoy le tocó a Tobe Hooper, otro grande de la generación de los maestros del terror moderno. Para no volver a repetir una elegía al género, prefiero recordar algunas cosas que me parecen fundamentales de su obra maestra: La masacre de Texas.

Recordamos un fuerte color naranja, película avinagrada, el sol fatal del sur de Estados Unidos. Un viaje que se va deteniendo en paradas sombrías, con sujetos borrachos tirados en llantas, y a un grupo de hippies que padecen al ya icónico Leatherface. Un pantallazo en la memoria es el de un caos absoluto, griterío, no mucha sangre, pero sí imágenes en las que podemos llegar a sentir un profundo olor a prodredumbre y malestar general. Es la carne podrida de los animales muertos al costado de una ruta. Es cierto que la película es caos, sordidez y un horror que sólo puede sintetizarse en el baño de sangre y los gritos de la protagonista, al final, en la parte trasera de ese camión. Es un caos similar al momento en el que esa especie de camionero Black Panther se baja del vehículo y lo que percibe es a un enorme tipo con una máscara de piel humana revoleando una motosierra bajo el sol de la mañana texana. Ese caos parece gobernar la película, pero a mí siempre me pareció que lo más aterrador no está tanto ahí sino en el orden que lo sostiene.

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Al principio de la película nos enfocamos en los dos hermanos, Sally y Franklin. Franklin anda en silla de ruedas, y no parece muy contento con el viaje que emprenden. En el resto de los personajes hay juventud y plenitud. Están enganchados en todas las cosas del momento y se sienten libres. Franklin, en cambio, tiene por delante la incomodidad de convivir con ellos durante esos días. En una de las primeras escenas, cuando llegan a la casa en cuestión, todos los jóvenes suben corriendo, excitados por la aventura. En medio de todo eso Franklin es olvidado abajo, junto a la escalera. Él sabe que no se lo hacen a propósito, como también podemos saber que se trata de todos jóvenes modernos y bienpensantes. Pero inevitablemente le genera angustia seguida de resentimiento. En voz alta, pero para sí mismo, le reprocha a Sally haberlo llevado. Era evidente, se iba a quedar fuera. Esta escena durante muchos años me paracía bastante extraña y no le veía mucha relación con el resto. La película se cobra su primera víctima temprano, entonces esto puede quedar en el olvido.

Pero más cerca del final este tópico regresa. Resulta que la familia de Leatherface no sólo tiene perfectamente cuidado e integrado al retrasado forrado en piel humana, sino que también descubrimos que tienen un abuelo. El abuelo es el maestro de la familia, y era quien trabajaba en el matadero que cerró para reemplazar a sus trabajadores por máquinas. Según ellos, el abuelo puede matar al animal de un solo martillazo, esa era (o es, según todos) su especialidad. Pero ahora el abuelo está en silla de ruedas, porque está viejo. El líder de la familia descansa en su silla en el altillo y, para nosotros los espectadores, es simplemente una especie de muñeco inmóvil y podrido, con unas arrugas faciales que parecen una masa seca y maloliente.

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Cuando llega la hora de la cena, del festín, de la celebración o iniciación de una nueva víctima (Sally), el abuelo tiene que bajar, porque ¡es hora de comer!. Por primera vez en la película surge un orden armónico. Toda la familia comienza a cooperar para ayudar a bajar la silla de ruedas por la escalera. Esto ante los ojos de Sally es un horror tremendamente desnudo. Y es, creo yo, el punto central de todo. Es lo que justifica aquella memorable escena de los planos detalle de los ojos de Sally, donde sus gritos de pavor son opacados por los gritos paródicos de los comensales, que la miran y convierten a su grito en una mera mueca, como si no fuera nada, como si fuera un cerdo más cuyos gemidos simpáticos finalizarán cuando le caiga el martillo. El martillo del abuelo.

El terror más profundo puede estar en las partes que menos lo aparentan. No se trata tanto de ver el martillo pegar en la cabeza de Sally, sino de ver y tratar de entender la fe que esa familia le tiene al golpe certero del abuelo. Eso que vemos, esa cosa, fue conservada. Fue mantenida una cierta idea de unión, hasta incluso más humana que la inocente vacación de los jovenes del film. Y ver eso, en medio de toda esa violencia, y de todo ese contexto donde absolutamente todos los factores están revertidos, deformados, monstruificados, pero funcionando tan bien, Dios mío, eso sí es miedo.

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