16 mar. 2020

Amenazas invisibles

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Upgrade (2018) y The Invisible Man (2020) de Leigh Whannell

Escuchar: La Hora del Miedo #17

Se pueden pensar algunos puntos en común entre estas dos películas, aún sabiendo que la primera tiene su enfoque principal en la tecnología y la segunda en un aspecto oscuro del comportamiento humano. Entre tecnología y comportamiento humano se pueden trazar puentes directos.

Upgrade se alimenta de conflictos muy consolidados en películas anteriores de ciencia ficción, donde la tecnocracia muestra su cara frágil, propensa a ser tomada por una fuerza desconocida y hostil. "Stem", el enemigo en cuestión, elige no a un humano cualquiera para su intromisión, sino a un humano al que considera ejemplar, vital y completo. Parece que el objetivo de la máquina no son aquellas personas superficialmente débiles por estar entregadas al devenir tecnológico de cada nuevo producto. O en todo caso, la debilidad aparece en otro lado. Grey, que reacciona cada vez que puede contra el devenir tecnocrático, tiene la debilidad en sus pasiones humanas, entre ellas el amor hacia su esposa. Esto complejiza no sólo a la máquina, que sabe que para ingresar al territorio de la humanidad también debe aprovechar lo que es escencialmente humano, sino también al lugar que nos queda como espectadores. Perder contra la máquina no es tan simple como la consecuencia directa del cese de rebelión contra la constante novedad tecnológica (como se expresa en la serie Black Mirror), porque si desde esa perspectiva nos identificamos con Grey, podemos caer junto a él. Caemos porque la caida es algo nuestro, y el Mal es el primer vivo que lo detecta.

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Ese es el aspecto en el que Upgrade indaga, y donde ya no se trata sólamente de tecnología. The Invisible Man pone a su elemento fantástico, o de ciencia ficción, en otro dispositivo tecnológico, uno que permite la invisibilidad. Pero de entrada el enfoque toma a su elemento técnico casi como un McGuffin, porque ya desde la premisa, el hombre invisible en cuestión es un marido abusador y la película se desarrolla en esos términos. En este caso, lejos de convertirse en una ficción que podría publicitar a la línea 144, se indaga en otro aspecto también incómodo. Todos los personajes que intentan ayudar a la protagonista parecen comportarse de la manera correcta, con el respeto que le corresponde a la víctima y la contención necesaria. El problema es que su marido parece conocer estas reglas, y tal vez por el hecho de estar así constituidas, como un conocimiento que se puede aprender. El manipulador manipula sobre lo que conoce, y sobre la acción y reacción que considera esperable. Durante todo el film vemos a Elisabeth Moss siendo atormentada por un ser invisible, pero cuya invisibilidad aparentemente fantástica proyecta una sombra de acciones concretas, calculadoras e inteligentes, como si se tratara de alguien manipulando una viva puesta en escena. El lado oscuro de esa ciencia de hacerse invisible, es también el lado oscuro de otra ciencia, la que cree que puede afirmar cómo son las cosas, y que termina siendo la misma que parece reunir los datos suficientes para determinar que la protagonista del film perdió la razón.

Tal vez por todo esto se de la consecuencia final, en la que la mujer toma el traje invisible para acabar con su marido a sangre fría (y con "técnicas de hombre invisible"), completamente fuera de la ley, arriesgando su conveniencia legal y material. Todo lo que hace en ese final es difícil de explicar moralmente, y tal vez sea porque la moral sea difícil de explicar. Parece que Whannell se está fijando en una cuestión fundamental que no se puede dejar de lado en las películas, y es que el cine, al menos el de los grandes géneros, nunca se trató de un arte positivo ni publicitario. No nos dice qué hacer, en todo caso, puede llegar a ayudarnos a soportar algunas de las cosas que hacemos.

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