24 jul. 2016

Esta indecisión me molesta

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Sobre la primera temporada de Stranger Things (2016)

Es imposible sostener todo un relato si se pone todo el trabajo en la simulación crónica de una estética epocal. La referencia no puede serlo todo, y su consecuencia más directa es el pasaje de lo que debería ser una mirada a un mero proceso de detección mecánica. Lo que ya no se nos puede hacer mirar ahora nos lo hacen detectar como cita.

La detección nos traza puentes imaginarios entre cosas que terminan siendo sólo tipografías, falsos granos de fílmico, colores de ropa, posters colgados en las paredes que hacen referencia a películas que fueron más acumuladas que miradas, recordadas por inercia. Prototipos de relatos o pequeños momentos narrativos extraidos de películas, algunas brillantes, que buscan contentar esa detección, y que fracasan estrepitosamente en llegar a las dimensiones narrativas que tienen como potencia.

Para toda nostalgia tiene que existir una contrapartida crítica, sino sólo se trata de un refugio, como el del chico que finalmente mantiene con su madre la única relación lograda, y lamentablemente la peor de todas: el vínculo spielbergiano con la madre en un plan de inocencia infinita. Después de pasear un rato con la carcasa superficial que recubre obras maestras de Carpenter, Cameron, Stephen King, Brian de Palma, aparece la indecisión que molesta, la que termina cristalizando a los 80's como época de oro, sin considerar que gran parte de aquel cine tenia una tensión nostálgica con la década de los 50's con un necesario componente crítico y autocrítico. Christine (1983) de Carpenter planteaba a esa nostalgia asimilándola casi al fetiche y contemplando como centro de todo a su posible consecuencia maligna. En Stranger Things, lo primero que se ve es que su título parece un anagrama de Stephen King. Eso primero que todo lo demás. Lo que termina pareciendo es la vidriera de Volver al Futuro donde te venden el almanaque, antigüedades para coleccionar. Lo que parecía Spielberg y después pidió a gritos ser Stephen King (donde ya dan ganas de decir basta, tanta cita, tanto librito filmado), volvió corriendo al refugio del que salió, donde esa decada no es objeto de algo, sino un presente constante, serial, continuo, cerrado.

La única decisión tomada es la de dejar los cabos sueltos suficientes para una segunda temporada, matando así la posiblidad de trabajar con tramas que se habían abierto. Y de esa manera, da cada vez más la sensación de que la construcción referencial que tanto se está elogiando está armada por algoritmos que detectan comentarios de usuarios de netflix, más o menos de la época que indexaron Freaks and Geeks o inventaron la subcategoría Películas irreverentes.

Las "décadas" no pueden ser algo que genere favoritismos de selección, sino estamos cada vez más cerca del ya quemado pero acertado chiste de Joe Dante en Small Soldiers, el del tipo que mira televisión y dice: creo que la Segunda Guerra Mundial es mi guerra favorita.

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