4 may. 2020

Andre De Toth


Estuve mirando películas de Andre De Toth. Además de una notoria mezcla entre los mundos del western y del noir, me atrajo una cierta manera de ver algunos conflictos. En el mundo de De Toth hay círculos de hombres llevando adelante batallas, y mujeres que parecen estar detrás, muchas veces sin un lugar activo, pero siempre con una subjetividad marcada. Muchas de estas películas toman verdadero cuerpo cuando entendemos el peso de los personajes femeninos, y hasta a veces estos círculos masculinos giran en torno a ellas.

En Day of the Outlaw, las únicas cuatro mujeres de un olvidado pueblo de veinte habitantes son el objetivo principal de un grupo de malhechores. Ellos están de paso, solo quieren huir, pero llega una tormenta que los deja ahí varados. El aburrimiento de los criminales pasa a tener un rol protagónico, lo que implica la inminencia de algo terrible. El fuera de campo constante es qué pasaría si el líder de la banda, el más sensato de ellos, muriese. Los hombres del grupo quieren a estas mujeres, sin importar la resistencia.


Para el ranchero que interpreta Robert Ryan esto está más que claro, cada mirada lasciva imagina una violación. Es una bomba de tiempo. La tensión entre Ryan y los criminales gira entorno al bar del pueblo, donde todo orden moral está en peligro. En medio de negociaciones se acepta que las mujeres bailen un rato con los criminales, como si así se pudiera aliviar un poco la escalada.

De Toth filma una serie de planos en 360 grados en la pista de baile, donde los hombres van tomando a las mujeres, forzándolas a bailar, repartiéndoselas y tomando turnos. Ellas se mueven como marionetas, tratando de no mostrar goce alguno, tratando de correr la cara cada vez que los bandidos se les acercan para besarlas. Es una danza de forcejeos obscenos e incómodos, afuera los hombres del pueblo miran sin poder entrar, hicieron un pacto que los avergüenza.

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Esa mirada cargada de angustia e impotencia es frecuentemente lo que une el adentro y el afuera, porque el sacrificio de lo íntimo y lo propio en pos de un objetivo es evidentemente tema en De Toth. En Springfield Rifle, Gary Cooper liquida a su reputación militar haciéndose pasar por cobarde y desertor para poder llevar a cabo de una misión de espionaje (acá el cine de espías y el western conviven en perfecta armonía). Su mujer y su hijo pagan un precio por esto. La angustia de Gary Cooper está en la persistencia con el plan. La crisis en el mundo propio e individual parece ser un fundamento más para buscar el triunfo colectivo y la redención.

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Ese mundo propio siempre está en jaque y expuesto al peligro. Pitfall tiene una trama de noir bastante frecuente pero su supuesta femme fatale parece otro engranaje de un sistema. Es inusual porque se va convirtiendo en una sin quererlo, como si fuese fijada en ese rol por todos los hombres que entran y salen de su departamento constantemente.

Acá los espacios son dos: el mundo de esta mujer que desencadena en un crimen, y el mundo personal de Dick Powell, en el que trata de resguardar a su familia de estos males externos de los que él supo formar parte. Son su esposa y su hijo, y los intenta mantener en el marco de una inocencia que se va volviendo cada vez más penetrable.

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En Ramrod también hay otros dos mundos similares en juego. Veronica Lake tiene algo bastante similar a la mujer que termina cometiendo asesinato en Pitfall, aunque su caída sea más consciente al entender cómo organizar planes sabiéndose mujer y atractiva. Ella parece ser la leading lady hasta el momento en el que Joel McCrea se termina de inclinar por la mujer que siempre estuvo junto a él, la costurera que, aunque actúa poco y nada, sostiene con su mirada muchas de las pasiones que transcurren en la película. Como sucede en muchos melodramas, a veces la mujer moldea al hombre aunque sea sólo con la mirada.

Crime Wave lleva el asunto más lejos, otro noir en el que ahora el protagonista es un ex convicto tratando de llevar una nueva vida con su esposa (Phyliss Kirk), pese a la constante presión de sus ex compañeros de cárcel. Ella se termina empapando del pasado criminal de su marido, forzada a acompañar cada momento, como si fuera un destino inevitable que transite ese contexto para poder salir de allí. Como en Day of the Outlaw, aparece un fuera de campo sucio en la mirada de los criminales, que la imaginan desnuda mientras se ducha tras la puerta.

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Phyliss Kirk interpreta también a la esposa de Randolph Scott en Thunder Over the Plains, donde es abordada por un oficial de la Unión mientras su marido pelea contra los oportunistas usureros que acosan Texas luego de la guerra civil.

Lo interesante está en lo que se disputa políticamente. El caos del fin de la guerra sienta el precedente de posibles destinos para Texas: si va a entregarse a la usura banquera o a una forma de organización más popular. El personaje de Randolph Scott es nacido en Texas pero peleó por el norte, y de su contradicción surgirá luego la unión de los estados. Mientras esto sucede, uno de los oficiales llegado de norte se va acercando poco a poco a su esposa. Habla con ella y la maravilla con una visión de mundo nueva y tentadora, le cuenta acerca de Washington y sus oportunidades, después, claro, intenta besarla. Lo que ahora se mete en la esfera íntima es el liberalismo.

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Todas estas maneras de enteder a los personajes femeninos, sus conflictos o su rol en ellos, se pueden encontrar sintetizados con una propuesta totalmente distinta en House of Wax, ya en el marco del cine de terror. Acá no hay precisamente elementos fantásticos, pero lo improbable de las circunstancias de la trama y su despliegue nos permite cuadrarla allí de todas formas, y lo fantástico trae su propio entender simbólico. En este caso se puede pasar rápidamente de un diálogo sobre el corset de un vestido a ver concretada la fijación de esa misma mujer momificada en cera.

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La protagonista es un principio opacada por su amiga, que está totalmente sumergida en la superficialidad. La escena en la que le ajustan el corset tiene su correlato en al menos dos momentos más: cuando las mujeres de la ciudad ven a la figura de cera que mueve el vientre, y cuando nos enteramos que ella misma fue asesinada y convertida en cera para encarnar, con una eternidad paródica, una figura de Juana de Arco en el museo. Sue (nuevamente Phyliss Kirk) encarna el conflicto tal vez viéndose en el medio, sabiendo que se está acercando mucho a un hombre que es escultor, y prestándose ella misma para que el villano, Vincent Price, recree a su perdida figura de María Antonieta. Ella está en el medio porque ser como su amiga es una posibilidad, el miedo alrededor de eso es quizás lo que toma forma en las pulsiones asesinas de Vincent Price y todo su museo del horror.

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En este film De Toth absorbe los conflictos femeninos desde una perspectiva ya fantástica, donde la idea de conservación es ahora una momificación siniestra. En algunas de estas películas la mujer está en un espacio sagrado y hogareño, pero pareciera que fuera necesario hacerlo activo, contaminarlo desde la amenaza, ponerlo en peligro. A veces la mirada es más oscura y se lo sacrifica de una forma casi irresponsable. De todas maneras se refunda, como si algo siempre impidiese que sea un lugar impoluto y petrificado.

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