25 abr. 2020

Motín en la cárcel

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Ayer vi por primera vez Riot in Cell Block 11 de Don Siegel, y al terminar la película me entero que hay un motín en la cárcel de Devoto. El golpe de realidad es tan tremendo como la coincidencia. La película de Siegel está filmada en la prisión de Folsom y genera una sensación de realidad que hace a uno olvidar que es de bajo presupuesto. Las secuencias de caos en el patio, la llegada de los camiones policiales, o incluso los métodos de represión coordinados para separar a la muchedumbre en grupos son espectaculares por su claridad.

La película comienza con material de archivo, continúa con una narración en off que no estaría seguro si es archivo o ficción, y luego nos mete en el relato. Entra escalonadamente, es una apartura que ayuda a mantener esa tensión con lo real, como si intentara ser una ilustración de ese tema tan candente de los titulares, aunque sin una pizca de sensacionalismo.

En las películas de prisioneros siempre hay algún momento en el que me encuentro pensando motivaciones. Por ejemplo, si miro El Gran Escape de John Sturges, siento que tan solo con transpasar los límites del campo se podría llegar a la libertad. Probablemente sea porque se trata de un campo de soldados prisioneros de los nazis. No son los presos comunes de una determinada una sociedad. En Escape de Alcatraz, también de Siegel, la prisión está en San Francisco pero es una isla, lo que la convierte fácilmente en un símbolo. Digo esto porque sería un facilismo adjudicar la misma tensión con la idea de libertad que tiene El Gran Escape a cualquier otra película de cárceles comunes, que son instituciones inscriptas a un estado general de las cosas, a reglas burocráticas y métodos del estado para administrar a quién se le deben quitar ciertas libertades y derechos. Ni hablar de todas las referencias foucoultianas que ahora nos vamos a ahorrar.

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Los presos de Riot in Cell Block 11 son conscientes de esto. No quieren usar el motín para recuperar la libertad, se saben partícipes de otro modelo de sociedad a escala que está transcurriendo dentro de las paredes de la prisión. Entonces tienen una serie de demandas en relación a eso, absolutamente razonables. Aunque también parecen ser absolutamente razonables el resto de los personajes de la película, los guardias que extrañan a sus esposas y que quedan ahí atrapados por unos pocos dólares a la semana, o mismo las personas que administran la prisión.

Uno podría decir que la película sorprende por ser capaz de ponerse del lado de los presos pero en realidad la película parece estar con todos, como si no tuviera interés en convertirse en una película de denuncia cualquiera. Dunn, el líder de la revuelta lleva a la situación al triunfo, pero un sistema mayor termina condenándolo. Dunn termina pagando un precio durísimo al añadírsele 30 años a su condena. Por otro lado, la revuelta cumple uno de sus objetivos inesperados que es llegar a la tapa de los diarios. Es como si hubiera un final doble, uno no está realmente seguro de si estuvo bien lo que sucedió o no, o si Dunn es un mártir.

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El gobernador dice algo clave en una de las conversaciones telefónicas: si firmo el papel de estas demandas y la prensa lo difunde, vamos a tener motines en todas las prisiones del país. Es cierto, la firma implica una especie de legalización. Es un momento importantísimo porque ahi unimos perfectamente en nuestra cabeza la idea de la celda tras las rejas con un sistema mucho mayor, en el que se involucran otras instituciones y hasta sus propias libertades. Ellos tampoco podrían prohibirle a la prensa revelar qué ocurrió en la cárcel, tan solo pueden quitarle ciertos derechos a ciudadanos que cometen delitos. Lo cual también me lleva a pensar que la condición de presos no es una fantasía de castigo sino una condición específica, de ciertas libertades que se pierden, y que no se supone que terminen de liquidar la dimensión humana.

Aún así, luego de ver la película y leyendo un poco sobre el motín de Devoto, leo en Twitter el hashtag #NoLosLiberen, donde denuncian como atrocidad que estén pidiendo domiciliaria para los presos con COVID-19 mayores de 65 años. Causa un poco de gracia que todavía haya una gran mayoría de personas que imagina a una cárcel como la celda ficticia del poliladron que jugábamos en el recreo de la escuela. Donde existe sólo el adentro y el afuera y nada más. Desde ya que la situación es mucho más compleja que la trama ficcional de cualquier película, pero alivia un poco ver que desde hace mucho tiempo el cine se puede meter en esos temas tal vez, entre otras cosas, para probar nuestras limitaciones.

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