23 abr. 2020

Películas imposibles

saintjack

Hubo un momento a fines de los 70's y principios de los 80's en el que algunos de los mejores directores trabajando en Hollywood emprendieron proyectos particularmente enormes. No sé si habría para eso una categoría o si debería haberla, yo las suelo llamar "películas imposibles", pero pensándolas en conjunto noto que lo que las une en mi cabeza también es la presencia de situaciones en países extranjeros y en espacios de marginación y pobreza. Hay un dato de lo real visible que me obliga a preguntarme cómo es que el sistema de producción llega a tener ese alcance. Ahora pienso en Apocalypse Now de Coppola, Sorcerer de Friedkin, El año que vivimos en peligro de Weir, y tangencialmente The Thing de Carpenter.

Algo que es cierto, y muchos de esos realizadores lo testifican, es que durante los 70's sucedió algo irrepetible, esto se lo escuché decir a Brian de Palma, que a jóvenes directores formados durante la década anterior, al insertarse en el esquema de potencia cultural que estaba renaciendo lograron obtener un poder que antes les era impensado (además autoconcientemente sabiendo, de acuerdo al término de Faretta, que lo tenían). De repente hay ciertas ataduras que pueden permitirse no respetar, respaldados quizás por el éxito rotundo de sus primeras películas masivas. Algunos de estos films fueron paradójicamente fracasos de taquilla, como si hubiesen tocado un límite del esquema económico, y este no estuviera preparado para sorportar tales emprendimientos de forma serializada. Algunas fueron películas con un destino trágico, recuperadas como de "culto" muchos años después, como es el caso de The Thing o Sorcerer, que actualmente ya se consideran clásicos.

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Hace poco vi por primera vez Saint Jack de Peter Bogdanovich, que sucede en el mundo del turismo sexual de Singapur. La presencia casi total de no-actores, locaciones reales, pero todo enmarcado dentro de una historia sólida protagonizada por Ben Gazzara, me hace meterla inmediatamente en este supuesto grupo. En estas películas siempre se puede intuir que mover la producción a otro país menos desarrollado trae beneficios por la conversión del dinero, y se pueden obtener grandes cosas por poco. Esto se vuelve un dato interesante cuando notamos también que las historias siempre ponen en juego o en crisis esa relación de poder. En ese sentido, Apocalypse Now es la gran obra maestra que más evidencia eso, problematizando, es decir poniéndolo en escena. Y así es que la escena bélica más recordada de la historia del cine terminó siendo una en la que los hélicopteros que avanzan son en sí mismos la puesta en escena para deslizar el bote de Willard por debajo. Si además incorporamos el dato de que esos helicópteros fueron conseguidos por Coppola al vincularse con los militares filipinos (que en ese entonces combatían guerrillas), la organicidad es plena. Vietnam y Filipinas toman forma en otra idea, una universal.

La historia de El año que vivimos en peligro de Peter Weir, está basada en hechos políticos reales ocurridos en Indonesia en los 60's, momentos antes de que el país caiga en la dictadura militar más feroz (algunos quizás recuerden acá a los personajes del documental The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer). El nivel de marginación y pobreza en ese país, tanto en su versión ficcional como en, digamos, las locaciones, es inequívocamente real, y el conflicto del film luego cuestionará el lugar del líder político, y los sucesos que llevan a que el panorama se oscurezca aún más. Hay un sentimiento trágico alrededor de estos personajes australianos e ingleses, que están expuestos a realidades cercanas a las más bajas miserias. Tal vez en films como estos se vea un poco la antesala de una globalización que se haría explícita una década después.

weir

Pero para pensar en por qué utilizaría el término "película imposible" se me ocurre que puede ser por una pregunta moral. No se trata de indignarnos por un supuesto atrevimiento burgués de meterse en situaciones para las que se tiene el estómago demasiado lleno. Es al revés. Porque este tipo de films saca a la luz la mirada de realizadores que tienen certezas morales casi inquebrantables. En Sorcerer, Friedkin lleva Hollywood a zonas de latinoamérica absolutamente devastadas, gobernadas por militares y corporaciones norteamericanas que extraen petróleo. Moralmente, tenés que estar muy seguro de lo que estás haciendo cuando hacés algo así. Friedkin puede filmar un pequeño país de latinoamérica e imaginarlo estéticamente como al infierno porque tiene una forma de concebir e interpretar al mal. Notemos que hasta necesita ampliar el espectro con ese largo preámbulo que transcurre en otros cuatro países. Es un trabajo, pero no es imposible. Quizás en mi caso llamarlo imposible se deba a la perplejidad. Hay momentos de Sorcerer en los que me pasa algo parecido a lo que ocurre con algunos gags físicos de Buster Keaton, uno se encuentra preguntándose cómo es posible que esto haya sido hecho. Friedkin añade firmeza moral a la proeza práctica.

Entonces podemos pensar que en esos casos la grandilocuencia productiva se complementa directamente con la densidad política de la mirada. Muchas de estas películas se sienten como tragos demasiado amargos. Son films que se meten en recovecos en los que encuentran porciones de humanidad en estado puro, y que no reniegan de lo que encuentran, desde una niña de Yakarta levantando arroz crudo del piso para comerlo en El año que vivimos en peligro hasta, en un sentido ya nada documental, el horror de los cuerpos fusionados y deformados en The Thing. Llevar Hollywood a esos lugares es el equivalente a la lámpara que los personajes del film de Carpenter ponen sobre la bestia encontrada. Los fracasos en taquilla puede que tengan algo que ver con esto. Por eso para algunos es un momento irrepetible del cine, cuando varios de estos directores hicieron sus obras maestras, y en las que tal vez el final de todas las cosas se veía como algo terriblemente palpable.

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